Sobre 'El pino puente', del relato 'Cartas desde las ruinas', (Diez cuentos mal contados, de Miguel Baquero)

Fragmento del relato 'Cartas desde las ruinas', del libro Diez cuentos mal contados, de Miguel Baquero.
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Mi querido maestro:
Antes de entrar en detalles técnicos, creo necesario contarle cómo salieron a la luz las ruinas que ahora nos ocupan, según oí de un maestro prospector. Había atravesado este maestro, en compañía de su expedición, aquel gran río llamado Ebrún, que hasta hace apenas cinco años delimitaba el avance de la Humanidad; nada más poner los pies en la otra orilla, ordenó hacer diferentes sondeos por los alrededores, en busca de vestigios arqueológicos.
Apenas iniciados dichos sondeos, se descubrieron los restos de dos edificios. Pronto advirtieron que se trataba de icglexias[2], como se decía en la terminología de la época. O, lo que es lo mismo, de edificios civiles dedicados a todavía no hemos concretado bien qué menesteres. Como es propio en estos edificios, su salón principal se encuentra todo él rodeado por los retratos de diferentes personalidades; en el cabecero, presidiendo el conjunto, ineludiblemente se halla el retrato bien del rey, medio desnudo y con los brazos abiertos en señal de bienvenida hacia sus súbditos, bien de la reina, sosteniendo en sus rodillas al príncipe heredero. Esto era norma, al parecer, en todas las dependencias y despachos oficiales de la época antigua, de igual manera a como, en nuestros días, se cuelga en las paredes de los distintos departamentos un retrato del monarca haciendo el pino puente, en señal de honestidad, respeto hacia sus súbditos y buena forma.
El cualquier caso, nada de esto era lo que se andaba buscando, por lo que el jefe de la expedición mandó continuar la marcha apenas amaneciese. Aquella noche, en torno a la hoguera, reunidos todos los miembros de la expedición, trazamos rutas sobre la arena y compartimos nuestro sueño, el deseo latente en cuantos nos dedicamos a la búsqueda de santuarios de la civilización antigua. En concreto, nuestros anhelos estaban puestos en hallar aquel templo legendario que, durante muchas generaciones, ha sido poco más que una quimera, un mito, un lugar de fábula. En un futuro no muy lejano, gracias a los progresos de la técnica (sobre todo gracias a la invención del pico y de la pala, aunque su funcionamiento todavía nos resulte algo complejo), tal vez podamos ver con nuestros propios ojos tal maravilla. Con esa esperanza, al menos, nos despertamos al alba, y con esa esperanza el jefe de nuestra expedición se caló el gorro de orejeras, símbolo de su autoridad, se alzó sobre los estribos de su burra, alargó el brazo con toda la pompa que exigía el momento y luego gritó:
—¡Adelante!

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